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Cuando uno suele salir de viaje, no siempre el único motivo es descansar o alejarse de la cotidiana vida laboral, sino también vivir experiencias nuevas, conocer otra gente, modos de vida y por qué no, situaciones humanas que a veces agradan y otras indignan. Esto último es lo que ocurre en el Brasil pseudo progresista primero de Lula y luego de Dilma.
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Muchos años han pasado desde que el PT se instaló en los Estados Unidos del Brasil, primero con dos períodos presidenciales de Lula Da Silva desde 2003 y luego con Dilma Rousseff, quien ya es Presidente de esa vecina república desde 2011.

 

Sin embargo muy pocas cosas han cambiado, a tal punto que la corrupción imperante podría acabar en un juicio político a la mandataria; la pobreza es cada vez más importante y los conflictos sociales son un caldero.

 

Pero una de las cosas que más llama la atención es tal vez, el mantener, como en la dictadura; un servicio militar obligatorio de tres años, con solo seis meses de instrucción y luego dos años y medio de servidumbre hacia los altos mandos de las Fuerzas Armadas.

 

Digna semejanza con aquella “colimba” de la Argentina que acabó coyunturalmente durante el gobierno de Carlos Menem, luego del asesinato del soldado Carrasco en el sur del país.

 

Sin embargo, Brasil lo sigue sosteniendo a pesar no solo de su inutilidad social, económica y militar, sino además, arruinando historias de vida de cientos de miles de brasileros que deben “dejar de hacer su vida”, para ser viles esclavos de una elite que viste de verde y está autorizado constitucionalmente a portar armas.

 

Y esta es la historia de un pibe, de ahora 19 años, que vivió con su hermano mayor en la Argentina y con su familia también radicada en nuestro país durante ocho años y lentamente comenzó a forjarse un oficio de ser guía de turismo.

 

No importa su nombre porque seguramente, esta historia de vida se repite por cientos en toda la geografía de un país hipócrita que tiene un gobierno que dice una cosa y hace otra; lo que importa es que este pequeño hombre de 18 años, tuvo que volver a Brasil para “servir a la patria” durante tres años en una “colimba” inútil, desgarradora y que no le brinda ningún beneficio.

 

Incluso tiene que trabajar de noche para mantenerse y “asistir” al cuartel durante la mañana a “estar a las órdenes de sabe quién y quien sabe para qué”. Pero el “relato” de estos pseudo progresistas, similar a lo que ocurrió durante doce años en la Argentina pregona la inclusión, la preocupación por las clases menos pudientes y el trabajo para garantizar a los jóvenes un futuro mejor. Mentira, cháchara y propaganda política.

 

Lo cierto es que este niño joven, al borde del sollozo; una noche en la Churrascaría donde trabaja y después de contar su historia, rompió todo posible formalismo entre servicial camarero y clientes y lanzó como un susurro; “cada vez los extraño más y todavía me falta un año”, tratando de hacer más corta la desdicha, ya que en realidad, terminará su “colimba” a fines del 2017.

 

Posiblemente nunca más, uno vuelva a cruzarse con el protagonista de esta historia, pero el sabor amargo que queda en la boca es imborrable y la bronca que genera la impotencia tampoco.

 

Estos gobiernos que están asolando nuestros países, cada vez tienen menos calificativos buenos y comienzan a ser solo una carga de la democracia que vivimos, a sabiendas de que un proceso democrático tiene sus reglas, sus normas y sus tiempos. Pero son los ciudadanos, quienes tienen el arma para ponerle fin, porque no hay nada más poderoso que un sobre con una boleta electoral introducida en una urna.

 

En la Argentina hay muchos que conocieron de esto durante años. Pero quizás ni valga la pena preguntarles que sienten. No?

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