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Los medios de comunicación norteamericanos privilegiaron la “obligación moral” de frenar a Trump a informar la verdad. El detalle de una elección histórica.

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(www.infobae.com) Las encuestas fallaron en Colombia al no predecir la victoria la del NO al Acuerdo de Paz. Antes lo habían hecho en Gran Bretaña al pronosticar que el Brexit no significaría la ida de Europa. Tampoco anduvieron bien en España, sobrevalorando a un Podemos que salió tercero.

 

Y hasta en Argentina tuvieron errores que quedaron tapados por la victoria de Mauricio Macri, como la no predicción del triunfo de María Eugenia Vidal, la poca diferencia entre el propio Macri y Daniel Scioli y la paridad entre Horacio Rodríguez Larreta y Martin Lousteau, sin olvidarnos de yerros a nivel local en Córdoba o en Santa Fe. Pero en los Estados Unidos no se equivocaron.

 

El sitio www.realclearpolitics.com  elabora desde hace años el Índice RCP que no es otra cosa que el promedio de todas las encuestas disponibles en todas las elecciones, en todas las categorías en todos los Estados. Y ante cada elección presidencial, de acuerdo a lo que revelen los sondeos, diseña el mapa de las “battlegrounds” (los campos de batalla), o estados más reñidos de la contienda.

 

En general son una docena, con Florida y Ohio como las estrellas. Para quien sigue las campañas por televisión o a través de los diarios también son los “swings estates” o los “toss up” porque cambian de ganador de cuatro años y en la cobertura de la noche electoral son llamados “close too call”.

 

El sistema electoral norteamericano en el campo real tiene dos situaciones bien marcadas: por un lado, los casi 40 estados en los que se puede predecir el ganador desde meses antes, y el resto, donde todo es incierto. Desde hace décadas, pase lo que pase, los republicanos ganarán Texas y el sur y centro del país y los demócratas se quedarán con Nueva York y California. ¿Y el resto?

 

Para RCP, los Estados donde no se podía predecir el ganador eran 14: Florida, Ohio, Pennsylvania, Michigan, New Hampshire, North Carolina, Nevada, Wisconsin, Iowa, Virginia, Maine, Colorado, Arizona y Nuevo México. Veamos cuales fueron las predicciones según cada geografía:

 

–Florida: el promedio era Trump arriba por 0.2%. Teniendo en cuenta el margen de error muestral de entre 3% y 4%, la elección estaba empatada. Ganó el republicano por 1,4%. El acierto no estuvo en dar ganador a Trump, sino en señalar que la elección era pareja, lo cual sucedió al ser la diferencia de 120.000 votos sobre 9 millones de votantes

 

–Ohio: ganó Trump, como se vaticinó, pero no por 3,5% -el promedio- sino por más de 7%. ¿Qué trastocó el índice? Dos “oportunos” sondeos, uno de una cadena televisiva que insistía con el empate.

 

–Pennsylvannia: el caso Florida, pero al revés. Aquí se pronosticaba una victoria de Hillary por 1,9%, o sea empate. Ganó Trump por 1% y 26.000 votos de diferencia. Ninguna encuesta del mundo puede predecir una victoria o una derrota por menos de 30.000 votos.

 

Esto deberá comenzar a ser aceptado por encuestadores, periodistas y público en general. Pero atención, el índice fue perturbado por la encuestadora Morning Call /Muhlenberg College que siempre le daba a Hillary grandes diferencias en todos los estados.

 

–Wisconsin: aquí sí fallaron las encuestas y mucho. El índice RCP daba 6,5% en favor de Clinton, pero el ganador fue su rival por 1%. Lo correcto no era dar ganador a Trump, sino plantear un empate. Erraron en las dos.

 

Ninguna encuestadora desde junio lo vio ganador al nuevo Presidente, ni vio empate. ¿Habrá influido la historia en el yerro? Los republicanos no ganaban Wisconsin desde la reelección de Ronald Reagan en 1984.

 

–Michigan: el promedio dio 3,4% a favor de Hillary, casi en el error muestral. Ganó Trump por 0,3% (aunque dicen que restan contar votos que no cambiarán al ganador). Para una encuesta es empate. Para el conteo del colegio electoral es republicano y ayudó a definir la elección.

 

Pero era y es empate en un estado donde los republicanos no ganan desde el año 92 y que muestra una caída de votos demócrata entre Barack Obama y Hillary Clinton de 7 puntos.

 

–New Hampshire: ganaron los demócratas por 2.500 votos, el 0.3% de los votos. Las encuestas daban 0,6% para Clinton. Empate puro. Lotería total el resultado. Los sondeos acertaron en el empate técnico en un estado cambiante: los demócratas lo vienen ganando hace cuatro elecciones, pero antes era republicano.

 

–North Carolina: las encuestas daban a Trump por 1%. La votación fue 3,8%. Todo alrededor del empate técnico. El estado fue históricamente republicano hasta que en 2008 Obama lo ganó por 0,3%. Mitt Rommey se lo llevó en el 2012 por 2%. O sea, podía pasar cualquier cosa. Y pasó: ganó Trump en una geografía con tendencia republicana.

 

–Nevada: ganó Clinton por 26.000 votos y 2,2%. El promedio daba 0,8% para Trump. De vuelta: todo error muestral en un estado cambiante que viene de dos victorias demócratas y dos previas republicanas. En este panorama y con un promedio de 0,8% para un candidato, lo único que podía vaticinarse era final incierto.

 

–Virginia: ganó Hillary por 4,7% y el pronóstico era 5% a favor de ella. Acierto de las encuestas.

 

–Iowa: el índice daba 3% para Trump, que ganó por 8.4%. Fallo de las encuestas que dieron una victoria menor para los republicanos, ubicando la elección en un empate por error muestral que no era tal. No se lo menciona como fallo porque dio bien el ganador, pero los porcentajes fueron equivocados.

 

–Maine: ganó Clinton por 2,8%. Las encuestas decían que lo haría, pero por 4,5%, sacándola de un empate técnico en el cual estaba.

 

–Colorado: el pronóstico era Hillary por 2,9% y la elección fue 2,1% para la candidata demócrata.

 

–Arizona: ganó Trump por 4,3% y el índice daba 4% en su favor. Acierto.

 

–Nuevo México: ganó Hillary por 8% y las encuestas le daban 5% arriba. Acierto.

 

Salvo el caso de Wisconsin, donde hubo un error grosero, en el resto sucedieron dos hechos que confirman que no hubo falla en los sondeos. En donde había un pronóstico de entre el 0,1% y el 4%, o sea error muestral-empate, el resultado se ubicó en ese margen. Donde se vaticinó por encima del 4%, se acertó.

 

La conclusión es que, aun asumiendo el yerro de Wisconsin, si los medios de comunicación hubieran dejado en signo de pregunta los estados donde las encuestas daban diferencias menores a 4% y adjudicado a cada candidato las que estaban por encima de ese porcentaje, bajo ningún punto de vista, nunca jamás, hubieran podido predecir la supuesta victoria de Hillary Clinton en el Colegio Electoral alcanzando los 270 electores, como erróneamente hicieron.

 

¿QUÉ PASÓ ENTONCES?

Una necesidad de los medios de comunicación, no de que gane Clinton, sino de que no lo haga Trump. Cada dato que aparecía en favor de la candidata demócrata era sobredimensionado. Se hicieron “porcentómetros” siempre favorables a Hillary, sostenidos por datos locales que en ningún momento le aseguraban victorias claves en Florida, Pennsylvania, Ohio y ni siquiera Michigan. Se llegó a concluir que Hillary tenía un panorama de encuestas más favorable que el de Obama en el 2012, lo cual era falso.

 

Una ceguera para ver datos obvios. Si el promedio de encuestas le da a Hillary 3,4% en Michigan y en caída, en un estado que los demócratas vienen ganando interrumpidamente desde hace 24 años por porcentajes de entre el 10% y el 16%, algo está sucediendo. Lo mismo para Pennsylvania. Se vaticinaba 1,9% para Clinton.

 

Las encuestas de 24 horas antes de la elección se dividían entre empate y Clinton 1% arriba, en un estado demócrata desde el año 92. No hay peor ciego que el que no quiere ver. En los mapas preelección, tanto Michigan como Pennsylvania estaban pintados de azul sin una sola encuesta que lo avale fuera del error muestral del 3-4%.

 

El gravísimo cambio de valores en la difusión de las encuestas: el trabajo de los medios de comunicación es informar lo que pasa y predecir lo que vendrá, con datos ciertos y confiables. No difundir que un candidato va a ganar para ayudarlo a hacerlo. Se privilegió la “obligación moral” de frenar a Trump a informar la verdad.

 

La incomodidad social y pública de decir que Trump podía ganar. Esto arrastró al gobierno argentino a un papelón diplomático, como también a analistas y periodistas.

 

El mapa electoral norteamericano y la geografía política también conspiró a la confusión general. Clinton arrasó en las grandes ciudades con porcentajes en muchos casos superiores al 70% de los votos. Los medios de comunicación generalmente están ubicados en las ciudades más populosas, donde ganó la candidata demócrata. Ese clima social anti-Trump arrastró a los medios, siendo Nueva York el más emblemático.

 

Inclusive en la misma noche del recuento, los primeros resultados muy favorables a Clinton en Miami, Filadelfia, Cleveland, Columbus y Detroit llevaron a la errónea conclusión – le sucedió a este periodista- de que antes de la medianoche la candidata demócrata ganaría rápidamente.

 

Los cascos urbanos votaron masivamente a favor de Clinton y el interior de los estados, al revés, masivamente por Trump. Lo mismo había sucedido con el Brexit. Mientras que en Londres el Sí a Europa triunfó por 56% a 43%, los porcentajes se invirtieron en el interior, siendo el caso de la región de East Midlans el mejor ejemplo, con una victoria en favor del No a Europa de 58 a 41%.

 

Este fenómeno que podría denominarse de reacción de los ciudadanos no urbanos, fue registrado por las encuestas en EE.UU., pero no fue advertido ni por el periodismo, ni por los analistas, ni por los mismísimos encuestadores.

 

Es probable que muchos lectores se enteren en este momento que Trump y Clinton no eran los únicos candidatos que competieron. También lo hicieron: Gary Johnson, del Partido Libertario; Jill Stein, del Verde; y el ex agente de la CIA, Evan McMullin. Juntos lograron el nada despreciable 4,6% de los votos nacionales. Algunos de ellos lograron resultados importantes, como el caso de Johnson en Nuevo México, estado del que fue gobernador, alcanzando el 9,3%, un porcentaje mayor a la diferencia entre Hillary, que ganó allí y Trump.

 

Las buenas performances de Johnson también coinciden con victorias de Hillary por estrecho margen en Colorado, Maine y Nevada. La campaña de Johnson apuntaba a recoger el voto republicano anti-Trump. Si los 699 medios de comunicación que favorecieron a Clinton – el número es de Jaime Duran Barba- hubieran iluminado al ex gobernador de Nuevo México, este hubiera podido superar el 3.6% que obtuvo en estados donde la diferencia entre Trump y Hillary fue exigua.

 

Hay antecedentes: en 1992, la victoria de Bill Clinton se sostuvo en la oportuna presentación de Ross Perot, quien con el 18% dividió el voto de republicanos e independientes, relegando a la derrota de George Bush (padre).

 

No puede soslayarse una nueva realidad política: las elecciones se definen en climas de paridad. Pasó con el Brexit, ni que hablar en España -más de medio año sin gobierno-, con el plebiscito colombiano y en la doble vuelta en Argentina, Macri-Scioli. Este empate real tiene muchas veces resultados difíciles de predecir porque ubican a las encuestas dentro del error muestral del 3-4%, en donde todo es posible. Trump ganó Pennsylvania y Nevada por menos de 30.000 votos.

 

Habrá que acostumbrarse a esta realidad y los medios de comunicación deberán privilegiar el informar de manera veraz y certera, antes que aceleradamente adjudicar una victoria a un candidato que lleva una diferencia exigua.

 

El empate técnico significa que el resultado de la elección es incierto y eso no es responsabilidad de los sondeos. Es la ansiedad periodística -que deberá moderarse- la que lleva a declarar triunfos que finalmente no son tales. Con los bocas de urna en Argentina ha sucedido lo mismo.

 

Todo lo expresado no significa que haya encuestas parciales, contratadas para confundir e incidir en los medios y muchas mal hechas o directamente inventadas. Si las hubo en la elección norteamericana -seguramente sí-, no incidieron en los índices de promedio de sondeos, salvo en los casos mencionados en el análisis por estado.

 

Finalmente está el dato nacional. Los sondeos pronosticaron que Hillary tendría más votos populares que Trump, lo cual se confirmó. Al cierre de este panorama, la candidata demócrata aventajaba al republicano por un 0,5%, casi 800 mil votos de diferencia.

 

El dato ratifica que voto popular y colegio electoral no tienen por qué coincidir y es consecuencia de que los demócratas consiguen triunfos en grandes geografías populares como Nueva York o California y que el ganador de cada estado, salvo Maine y Nebraska, se lleva todos los electores, independientemente de si triunfa por 1 o por un millón de votos.

 

Expresa lo obvio: hay más norteamericanos que querían que la Presidente fuera Hillary Clinton y no Donald Trump. La cifra no cambia nada, Trump es el legítimo Presidente electo, pero revela un clima social de división al que habrá que observar con detenimiento.

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