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Al respecto de los dichos del ex ministro de Economía Roberto Lavagna, quien señaló que las políticas económicas actuales se parecen a las de los 90 y que estas nos llevarán al colapso, desde la Fundación Libertad y Progreso señalaron que el ex funcionario erra en el diagnóstico y en las soluciones que propone.

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“Roberto Lavagna propone crecimiento económico sin explicar cómo hacerlo. También propone reducir la inflación, pero objeta los instrumentos monetarios cuidándose de referirse al exceso de gasto público y al déficit fiscal. Apela a recordar su gestión en 2002 – 2006 omitiendo decir que él asumió el Ministerio después que Remes Lenicov había hecho un fenomenal ajuste”.

 

“Lavagna encontró en 2002 el salario real y las jubilaciones recortados en un 30%. Aquello hizo posible contar con superávit fiscal. Además, al mantener el default no tenía la carga de los intereses de la deuda. No le hizo falta endeudarse, aunque tampoco hubiera podido hacerlo por no tener acceso a los mercados financieros”, explicó el economista Manuel Solanet, director de Políticas Públicas de la Fundación.

 

Por su parte, Aldo Abram, economista y director ejecutivo de LyP, dijo que la comparación que hace Lavagna de la situación actual con los ´90 o, incluso, con 2002, no tiene sentido. “En el primer caso, el ajuste lo hicieron las dos hiperinflaciones hizo la crisis del 89´y ´90.

 

En el segundo, la declaración de cesación de pagos de la deuda y la triplicación del tipo de cambio, En ambos casos, los salarios reales cayeron estrepitosamente (más de 60% en dólares) y la pobreza se incrementó hasta superar el 50%. Luego, fue remar a favor de la corriente con el rebote económico y un escenario internacional favorable”.

 

Según Abram, este gobierno, bien o mal, está tratando de desactivar una potencial crisis que dejó la anterior gestión. “Es decir, ordenar la economía sin tener que pasar por un ajuste caótico. Las opciones son entonces: a) achicar fuertemente el gasto, cosa que Lavagna no considera bueno; b) incrementar la presión tributaria, inviable porque ya es récord; c) reducir el déficit gradualmente y financiarse con deuda, que es lo que se está haciendo, pero Lavagna critica; o d) licuar costos laborales, fiscales y de deficiencias regulatorias con emisión y devaluación, que parece ser lo que propone; pero que, a nuestro juicio, nos llevaría a un ajuste por crisis”.

 

“No hay margen para diluir la credibilidad de un Banco Central que se recibió quebrado y que apenas pudo recuperar solvencia. El ajuste por una crisis genera una rápida recuperación, luego de pagar un altísimo costo social. Este es mucho menor si se trata de evitarla. Aunque es un camino más difícil la realidad es que, hasta hoy, la caída del salario real es de no más de 8%, menos de la mitad de la merma registrada en 2002,  y la pobreza se incrementó a mucho menos que entonces, ubicándose debajo de 35%.”, explicó Abram.

 

Seguidamente el investigador Marcos Hilding Ohlsson calificó de incoherentes los dichos del economista. “Desde Libertad y Progreso, hemos remarcado los riesgos del alto gasto público, los altos impuestos y el déficit fiscal heredado del gobierno anterior. Sin embargo, es incoherente decir que el actual es un modelo de ajuste y de alto endeudamiento. Justamente este último es fruto de querer hacer un ajuste de las cuentas públicas gradual. Es más, el excesivo gradualismo de parte del Gobierno por ahora se parece más a una inacción. En ese sentido, coincidimos con Lavagna en que es riesgoso seguir financiando el déficit con deuda e incrementando el peso de la carga tributaria.”, dijo Hilding Ohlsson.

 

“Lavagna no dice que cuando hay déficit fiscal y no desea un ajuste, solo cabe financiarlo con emisión monetaria inflacionaria o con deuda. Debiera discutir el aumento de la tasa de interés en el contexto macroeconómico heredado por el gobierno de Macri, y no meramente calificarlo como un instrumento recesivo utilizado con cierta perversión”, explicó Solanet.

 

“El pronóstico de un colapso pero por las razones que no corresponden no hace más que generar confusión y dificultar la aceptación y aplicación de las políticas verdaderamente correctivas. Muchas veces un tono sereno y seguro, induce a creer que un discurso es coherente, cuando en rigor no lo es”, finalizó el director de Políticas Públicas de Libertad y Progreso.

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