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Ricardo Alfonzo lleva 18 años en la Armada Argentina; es correntino de la ciudad de Itatí y dejó su tierra por los mares. Dedicado al servicio, el Suboficial Segundo se desempeña como mayordomo a bordo del “San Blas” y enseña a los más jóvenes el oficio.

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La mañana comienza muy temprano y Ricardo Daniel Alfonzo, Suboficial Segundo de la especialidad Servicios, como cada día, ya está en su puesto de trabajo en la repostería.

 

Como es el mayordomo del transporte ARA “Bahía San Blas” su primera tarea es la de supervisar la preparación del desayuno para una cámara y tres camaretas, es decir, los comedores de la embarcación en la jerga marinera; luego, verificará la preparación de las demás comidas del día.

 

Durante la navegación, el buque debió afrontar fuertes vientos y, como consecuencia, hubo implementos de la cocina que se rompieron. Cuando el movimiento cesa, el Suboficial Alfonzo repone el orden: le da algunas indicaciones al grupo de camareros, y aparece con la escoba y la pala en mano para finalizar la tarea. Mientras hace su trabajo, no deja de esbozar una sonrisa o silba alguna canción.

 

Tiene programado el trabajo diario con un cronograma de actividades: “Tengo que controlar todo lo que tenga que ver con el servicio a bordo, que se cumplan los tiempos del desayuno, almuerzo, merienda y cena”, explica, mientras termina de acomodar rápidamente unos platos que se usaron hace un momento.

 

Ricardo tiene 40 años recién cumplidos y antes de estar en este buque pasó por varias unidades de superficie y destinos en tierra en los casi 18 años que lleva de Armada. Contó que estuvo en la fragata ARA “Libertad”, el destructor ARA “Heroína” y pasó por la División de Corbetas.

 

Estuvo en tierra y navegó mucho, por eso duda al tener que pensar qué prefiere: “Si tuviera que elegir, elijo estar embarcado porque el trato es diferente. Creo que existe más convivencia y compañerismo a bordo”. Aún prefiriendo los embarcos, sabe que las tareas en navegación son intensas y le dejan pocas horas para la distensión, sobre todo en un buque grande como el transporte y en un viaje largo como la Campaña Antártica de Verano. “No me lo esperaba, pero estoy aquí, navegando por la Antártida”, cuenta con entusiasmo.

 

En viajes como los que emprende el “San Blas” hacia el continente blanco, se incrementa la tripulación del buque casi al triple, por lo que el trabajo cotidiano también se acrecienta, asegura Ricardo.

 

Años anteriores se desempeñó como camarero pero hoy cumple la función de mayordomo con personal militar a cargo –cuatro cabos y una marinero–; jóvenes marinos a quienes guía y enseña lo que aprendió en casi dos décadas de Armada. “Hoy, desde otro lugar, trato de enseñarles a los que recién empiezan la carrera de la mejor manera posible, sin presiones ni miedos”.

 

Recordó algunas anécdotas de cuando inició su primer año como Cabo Segundo. En cierta ocasión habían servido sopa y como era una costumbre pedir las cosas en diminutivo, un oficial le pidió otra cucharita y “le llevé una cucharita, pero de té, y todos se rieron mucho”, contó. En otra oportunidad le ocurrió algo similar, “me pidieron un tecito, y yo qué hice, fui con una taza de café chiquita con el saquito en el medio. Son anécdotas cómicas hasta que uno aprende con la experiencia”, rió.

 

Contó también que su especialidad naval en Servicios le fue asignada y al principio le costó adaptarse, pero una vez que comenzó a ver de qué se trataba todo cambió.

 

Ricardo dejó de muy joven su Itatí natal, la de su familia y sus amigos. Su padre fue policía y tenía un tío marino, así que ellos fueron quienes perfilaron su decisión cuando pensó en su futuro y el destino hizo que ingresara en la Armada: “No fue sencillo el cambio durante el primer mes, pensaba mucho en mi familia, hasta que fui superando todo”.

 

Y aunque hace casi 18 años que se encuentra en la Armada, el Suboficial Alfonzo mantiene hoy sus raíces correntinas y también sigue en contacto con sus amigos del colegio.

 

Mientras él está abocado a la Campaña Antártica de verano, que dura cuatro meses, en Punta Alta se encuentran su esposa Zulma, también correntina, y su hija Dana de 5 años. Esta ciudad, al sur de la provincia de Buenos Aires, está contigua a la Base Naval Puerto Belgrano, donde tiene su apostadero el transporte “Bahía San Blas”.

 

Zulma y Dana esperan el regreso de Ricardo. “A la pequeña le cuesta entender mi ausencia y para mi señora es duro; pero me apoya mucho y lo acepta. Desde novios le fui comentando cómo es esto de la vida de mar”.

 

Los tripulantes que transitan la repostería se quedan charlando con Ricardo, quien no deja de sonreír porque todo funciona como es debido en la Cámara de Oficiales, en la Camareta de Suboficiales, en la de Cabos Principales y en el Comedor de Personal.

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