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Ser policía, tener una familia y arriesgar la vida todos los días, uno puede decir que es parte de la profesión que se ha elegido, pero agregarle a ello, trabajar combatiendo al narcotráfico implica mucho más que todo eso. Implica ser invisible a los ojos de la sociedad.

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Poder conversar con tranquilidad, sin medias tintas con un policía de la Dirección de Toxicomanía de la provincia de Corrientes; sin la frialdad de categorizarlo con una entrevista, como un reportaje; es posiblemente una posibilidad que no siempre se da.

 

Puede llamarse Juan, puede llamarse Pedro. No importa en realidad. Importa lo que tiene para decir, para contar. Importa lo que tiene para mostrar y eso casi nunca significa reconocimiento público, sino por el contrario, reserva y anonimato.

 

“Hago esto porque me gusta, porque quiero una ciudad y una provincia diferentes. Sin drogas, sin los peligros que ella trae”, cuenta tratando de romper el hielo, eligiendo cuidadosamente cada una de las palabras que va a usar.

 

“Corrientes tiene una frontera demasiado grande para cuidar y no teníamos demasiados problemas, hasta que Cristina se llevó todas las fuerzas federales de la provincia y nos dejó solos y sin demasiados recursos legales y operativos”, indica; recordando el momento en que las fronteras con Paraguay y Brasil; y con Santa Fe y Entre Ríos quedaron casi sin protección.

 

“Nosotros trabajamos mucho en lo que se llama narcomenudeo, en las ciudades, en los barrios. En la prevención siempre y también en la represión de hechos cuando después de algún tiempo de investigación podemos allanar una vivienda, secuestrar un vehículo cargado de droga y detener pequeños o grandes traficantes”, relata mirando recortes de diarios y partes internos donde se notifica de las acciones realizadas.

 

SIEMPRE RESPONDEMOS AL FUERO FEDERAL

El hombre, oficial de la fuerza mira una hoja de papel en blanco y recuerda. “Llevo ya muchos años siendo policía y varios acá en la Dirección de Toxicomanía”, comenta.

 

Prosigue con voz pausada, baja y casi monocorde. “Somos muchachos que a veces cuando hacemos un trabajo estamos lejos de nuestras familias por días o semanas; pero a veces también pueden pasar algunos meses”, asegura y solo se responde. “Tenemos que ser invisibles y no podemos estar en contacto con nadie que nos conozca. A veces solo el Jefe sabe dónde estamos”.

 

“Y cuando apresamos a alguien cometiendo algún delito relacionado con las drogas, volvemos y tenemos que lo más rápido posible, hacer informes, peritajes químicos y todo lo necesario para pasar todos los datos a la Justicia Federal. Y allí ya no tenemos más contacto con los imputados ni con los testigos, salvo que nos pidan interrogarlos. Nunca a los imputados, solo a veces a los testigos”.

 

“Y nos da mucha tristeza cuando, luego de algunos meses en algún nuevo operativo, volvemos a agarrar al mismo traficante que detuvimos antes, como ocurrió con varios de los aprehendidos por el tráfico de drogas en Itatí”, dice bajando aún más la voz. “Es que no entendemos por qué pasan esas cosas”, insiste.

 

El oficial toma una hoja de papel de su escritorio y lo garabatea. “Corrientes no tiene plantaciones de marihuana, salvo por ahí alguna que allanamos y que serán 10, 12 o 15 plantas. Nunca ninguna fuerza ha encontrado cocinas y laboratorios de cocaína. Sí pistas de aterrizaje en Santo Tomé, en Itatí, en Berón de Astrada”.

 

“Por eso siempre decimos que algo pasa en el agua, algo pasa en el aire o algo pasa en las rutas. Pero también es cierto que después algo pasa cuando detenemos a los delincuentes que una y otra vez, los atrapamos y los volvemos a atrapar”, lamenta mirando el garabato que había hecho, tratando de acompañar sus palabras.

 

La conversación avanza y el frío inicial se convierte en confianza. El hombre se siente orgulloso de pertenecer a la fuerza, a pesar de sentir que deberían tener más tecnología; más recursos, tanto humanos como materiales para poder combatir mejor el flagelo del tráfico de drogas.

 

“QUEREMOS PREVENIR SIEMPRE”

Se toma su tiempo y cambia el eje de la conversación. “Estamos mucho cerca de las escuelas, de las plazas y parques, de las canchas. Allí se juntan muchos jóvenes que queremos evitar que se droguen, que fumen un cigarrillo de marihuana y consuman una bochita”, comenta.

 

“Cuando vemos ese tipo de cosas, detenemos a los chicos que casi siempre son menores de edad e inmediatamente los traemos a Toxicomanía; los identificamos y llamamos a sus padres para que los retiren, nunca a un primo u otro pariente”, relata el policía.

 

“Siempre pedimos que vengan los padres, porque queremos contarles lo que le pasó a su hijo porque sabemos que muchos pueden recuperarse. Muchos a veces los agarramos y había sido su primer cigarrillo de marihuana y esos chicos pueden recuperarse”, asegura.

 

Hace hincapié en que “si prevenimos estas pequeñas cosas, que no son punibles por el tipo de delito o por la cantidad de droga que les confiscamos, sabemos que posiblemente no vuelvan a comprar, no vuelvan a consumir”.

 

Pero advierte que, “es distinto si detectamos que en una visita a una unidad carcelaria, alguien pretende ingresar con aunque sea, un cigarrillo de marihuana para dárselo a un detenido. Eso si es delito y allí nos llaman para detener a la persona y ponerla a disposición del Juez Federal”.

 

Los minutos corren y la charla se hace más amena. Ya llevamos más de dos horas conversando. Suena el celular y el diálogo se interrumpe. “Tengo que salir pero cuando quieras, podemos seguir conversando”. Caminamos hasta la puerta con el compromiso de volver. “Es difícil ser invisible, pero es parte del trabajo ¿no?”, reflexiona a modo de despedida.

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