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El dolor llegó primero, luego la impotencia de no entender el porqué, siguió la indignación por la falta de justicia y luego; luego hubo que seguir viviendo y conviviendo con todas esas emociones juntas. La pérdida de una hija; de una hermana; de un ser querido en sus esplendorosos años de juventud, no se pueden esconder en el corazón y menos ocultar en la memoria. Llegó la lucha por la verdad y la justicia y nos acompaña desde el comienzo y nos guiará hasta el final.

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Esta no es una historia más de tantas que conmueven sociedades, que marcan un hito en la vida de los países, que se instalan en la agenda de la vida en comunidad. Es una historia de carne y hueso, de pasiones encontradas, de luchas personales internas y de luchas colectivas a veces solitarias; a veces compartidas.

 

Paola estudiaba abogacía, primera hija mujer de Luis y Ana, que vivía el esplendor de su juventud y la dicha de tener una familia unida, alegre y fundamentalmente, esforzada y conciente de la realidad de los valores humanos inculcados.

 

Su pecado no fue ser judía. Fue estar en el lugar equivocado en un momento inoportuno. Su pecado fue buscar un café en la parte delantera del edificio de la AMIA en Buenos Aires justo cuando una trafic hacia estallar, su carga mortal de explosivos, en lo que fue el atentado más cruento vivido por la Argentina, no solo contra una entidad judía, sino contra una sociedad que ya había padecido un atentado similar contra la Embajada de Israel.

 

El dolor llegó primero, luego la impotencia de no entender el porqué, siguió la indignación por la falta de justicia y luego; luego hubo que seguir viviendo y conviviendo con todas esas emociones juntas. La pérdida de una hija; de una hermana; de un ser querido en sus esplendorosos años de juventud, no se pueden esconder en el corazón y menos ocultar en la memoria. Llegó la lucha por la verdad y la justicia y nos acompaña desde el comienzo y nos guiará hasta el final.

 

Pero como se sigue con la vida, después de tanta muerte, de tanta pérdida, de tanto dolor, de tanta indiferencia oficial, de tantas sucias tramas políticas que hicieron que quede impune el horrendo final de Paola.

 

Luis y Ana se transformaron en militantes de la vida, persiguiendo memoria y justicia. Sacaron fuerza de la sangre derramada y les mostraron a tantos otros que solo la lucha por la verdad, pagaría algo de toda la pérdida que significaba no poder nunca más, darle un beso de buenas noches a Paola.

 

Luis y Ana recorrieron junto a otros tantos familiares, oficinas públicas, juzgados, medios de prensa, delegaciones de gobiernos extranjeros, organizaciones internacionales, buscando todos los mecanismos necesarios para que aquel horror tuviera un poco esperanza; el de encontrar a los culpables y hacerles pagar su delito.

 

Conocieron presidentes, ministros, jueces y fiscales. Hablaron con diplomáticos, ante fueros supra nacionales sosteniendo siempre la misma visión. “Justicia perseguirás”. Le hicieron entender al mundo que “sin memoria no hay justicia y sin justicia no habrá paz para aquellos que ya no están”, después de ese 18 de julio de 1994.

 

Durante todos estos años, Ana y Luis han seguido viviendo sus vidas recordando sueños inconclusos del pasado que nunca se concretaron. Vivencias que nunca pudieron ocurrir; un título de abogada que nunca llegó.

 

Siempre hay vida después de la tragedia, pero solo si entendemos que “el dolor nunca se va, solo se aprende a convivir con él”. Amén.

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