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"La historia se repite en cada uno de los 40 "gurises" de los Esteros del Iberá que formarán parte de la delegación que irá a ver el partido de Los Pumas contra los Wallabies el 6 de octubre en el estadio salteño de Martearena", dice la nota que publica hoy La Nación. Una historia que merece ser contada.

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Quien conoce el pueblo, es porque ha visitado la Reserva Natural de los Esteros del Iberá, en la provincia de Corrientes. En los últimos 15 años, el extenso humedal de 12.000 km2 se convirtió en una zona turística 100%.

 

Pero la población estable nunca se incrementó a más de 1200 habitantes nativos, sumado a la gente relacionada a lodges y hosterías de turismo.

 

Desde hace unos años, Rafael Muzio, de 42 años, es guía de turismo en la posada Aguapé Lodge en Pellegrini.

 

Con una pasión por el rugby (transmitido por su tío Horacio), decidió empezar a enseñar ese deporte desconocido por los pobladores del lugar.

 

En diálogo con LA NACION, Rafa, sentado en un banco rústico frente a la enorme laguna que rodea el pueblo, contó qué lo impulsó a promocionar un deporte en un sitio donde solo conocían el fútbol y cómo la ovalada pasó a formar parte de los chicos del lugar.

 

La historia comenzó cuando una tarde calurosa de verano, un chico del pueblo lo detuvo a Rafa, quien jugaba con la pelota ovalada. En la calle le preguntó si podía enseñarle a jugar al rugby. Y así, en una cancha de fútbol, siete chicos empezaron a ir para ver qué era eso de que con un pelota, que picaba para cualquier lado, se podía jugar y divertirse un poco.

 

Con la ayuda de Mauro Fernández, un profesor de educación de gimnasia de la escuela de ahí, Rafa comenzó a entrenar a los chicos que con curiosidad se acercaban a la cancha. "Con Mauro no solo somos entrenadores sino que muchas veces nuestra función va más allá de enseñar a jugar un deporte", relató.

 

Casi sin ropa deportiva, pero entusiasmados por el cariño con que su profesor transmitía las reglas de juego, uno a uno se contagiaban las ganas. Se fueron sumando, y hoy reúne a setenta jugadores, entre las distintas categorías.

 

Había que poner un nombre, el carpincho, animal emblemático del Iberá, era la denominación que mejor cuadraba para el equipo.

 

Pero todo era y es a pulmón. Con la ayuda del gobierno de la provincia de Corrientes pudieron tener las camisetas, medias, botines, pelotas y hoy todos los carpinchos entrenan como se merecen.

 

"Si bien todavía no tiene personería jurídica como club, porque todo lleva tiempo y Hoy el club tiene más de 70 chicos que practican rugby dedicación, en eso estamos", dijo Rafa.

 

Después llegó el momento de tener una cancha. En un terreno prestado, con palos de luz tambièn regalados, hicieron las haches y los banderines de tacuara se adornaron con unos telas que cortó una madre. Ellos mismos se encargan de cortar el pasto para mantener la cancha en condiciones.

 

A veces, el entrenamiento diario se hace difícil. Al no tener luz, las prácticas son por la mañana bien temprano, antes de ir a la escuela y a veces, cuando el calor no agobia, a la siesta. Solo los fines de semana es se acercan más chicos a entrenar.

 

La historia siguió. El año pasado surgió la posibilidad de viajar a Buenos Aires para presenciar un partido de Los Pumas. Entonces comenzó una ardua labor para recaudar fondos para el viaje: ferias de platos, venta de pollos y porciones de locro, loterías y rifas, entre otros beneficios, donde los padres de los chicos daban una mano y ayudaban en la organización.

 

Y llegó el día para Los Carpinchos. Junto a Pay Ubre, un equipo de la ciudad de Mercedes (a 120 kilómetros) viajaban por primera vez a Buenos Aires para ver al equipo argentino contra su par de Nueva Zelanda.

 

Una gran parte de la delegación nunca en su vida había salido de los esteros. Y conocer "la Capital" para todos era algo inesperado y a la vez emocionante.

 

Para Rafa, el momento cuando los chicos entraron al estadio con 33.000 personas fue algo increíble. "Cuando el público empezó a hacer la ola, la cara de fascinación de los chicos es algo que guardo en mi corazón", recordó emocionado.

 

Durante la estadía, el equipo aprovechó para jugar un partido amistoso con el club Los Cedros y hacer turismo por la ciudad.

 

Las vivencias de estos años para el entrenador son miles y están plagadas de momentos inolvidables. El "tercer tiempo" es una tradición en el rugby, donde después de terminado el partido, los rivales se juntan para compartir una bebida, un sándwich y crear lazos de amistad. Sin embargo para Los Carpinchos, ese, era un terreno desconocido.

 

"Para cualquier jugador de otros clubes comerse una hamburguesa y tomarse una coca es normal, en cambio para los nuestros, cada vez que vamos a otros lugares y llega el tercer tiempo y les dan esas cosas, no pueden creer lo que les está pasando", contó.

 

Y agregó: "Esa es la realidad de unos y otros, pero lo lindo del rugby es que siempre integra, en dos minutos se hacen amigos".

 

El canto de los pájaros que venía de lejos, silenció por un momento la charla. Pero enseguida se retomó la conversación con LA NACION: "Me entristece que algunos padres no entiendan que es un deporte diferente y que no permitan que los chicos viajen, porque se pierden la oportunidad de conocer lugares y compartir sus vivencias con otros jugadores".

 

Empezó a caer la tarde en la laguna. Rafael dejó el mate al costado del paraíso que daba sombra para volver a sus labores: recibir a nuevos turistas que venían de lejos.

 

"Los turistas que se acercan a visitar los Esteros y se enteran de la historia de Los Carpinchos, cuando regresan a sus ciudades, nos envían encomiendas de ropas deportivas para los gurises", dijo al partir. Y se fue caminando por esa calle en que una vez, hace un tiempo en una tarde calurosa, un chico lo paró para preguntarle por la ovalada.

 

Fuente: Diario La Nacion

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