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El sapucay es el grito de orgullo, de pertenencia, la reverberación que por lo general se exterioriza cuando se canta un chamamé. En la tierra sin mal, inundada de culpa, la única jurisdicción nacional, el recientemente declarado parque nacional Iberá, paradójicamente, adquirido previamente por un extranjero, no puede absorber lo que navega por el Paraná. Además de pobreza, en los márgenes geográficos en donde el sol lapida, calienta, y golpea a quiénes no puedan resguardarse de él, la vía más accesible para tener algo en el estómago o en los bolsillos, es mediante la política, mediante el poder o mediante el narco, que como todo emboyeré termina siendo lo mismo.

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No es muy complejo de entender, mucho menos de observarlo. Ante una sociedad, digitada por un sistema que te pide, que te exige, que te demanda, todo rápido, inmediato y completo, no queda margen o resquicio que no sea el de sortear la existencia misma, estando narcotizado, bajo los efectos de alguna sustancia que te acomode a tal velocidad, a mayor velocidad para masterizarnos en el tiempo que nos reclama la demanda o más lenta para descartarla y no darle importancia, en ambos casos, desnaturalizando nuestro ritmo normal o no respetándonos  en los tiempos de nuestra humanidad.

 

No somos justos con nosotros mismos, mucho menos lo vamos a ser con los otros, con esos a quiénes, además nos cuesta reconocer como sujetos o semejantes. Entonces la justicia, deja de ser tal, porque no la concebimos ni como asequible, ni posible y por sobre todo, porque no llega en el tiempo indicado.

 

Las reglas con las que nos hambrean, son las mismas con las que nos expoliaron de nuestros recursos, ahora demonizados, porque a miles de kilómetros de distancia, la planta fumada se paga en precio Euro, ni que decir la merca procesada, con la que, los del primer mundo, aceleran sus vidas para hacerlas más acordes al mercado que los apresura, que los atosiga para que vivan en la inmediatez de lo efímero, de esas vidas que se consumen, en la inconsistencia de hacerlo todo rápido y ya, en el aquí y en el ahora de la incomprensión manifiesta de que todo signifique lo mismo.

 

¿Qué puede hacer entonces el juzgado emplazado en una provincia empobrecida, que supuestamente tiene en su jurisdicción, además la cuestión electoral?

 

Imposible el controlar lo que navega, lo que surca el Paraná, mucho menos, el poder hacer real o verdadera la democracia formal que dice que el pueblo elegirá a sus representantes y a quiénes la gobiernen.

 

¿Qué puede hacer un juez, o un secretario que ha llegado por el dedo salvífico del acomodo, el designio turbio con el que se reparte poder, en la tierra en donde un tercio de la población sigue confinada a la inequidad de no poder comer con dignidad y los restantes, somos cómplices de esta perversidad, hasta creyéndonos oponernos a ella, porque escribimos palabras como estas que estarían en contra de tal estado de cosas?

 

Necesitamos narcóticos, cantarles a los mismos, edificar una cultura del narco, pintarlo, retratarlo, educar bajo tales valores, pero, damos cuenta, que ya vivimos tras estos dictados, de lo contrario legislaríamos para salirnos de esta incomodidad, pero no, a lo sumo, nos creemos rebeldes y revolucionarios porque pedimos paridad entre el hombre y la mujer, en esas listas electorales, que están bajo la tutela de juzgados narcotizados, en el amparo de la desvergüenza de funcionarios judiciales atontados por padecer de narcolepsia.

 

La excusa está al alcance de la mano. La diferencia entre el sueño y la vigilia. Entre el justo y el pecador, entre el sacarnos o ponernos la careta, en el carnaval de la vida, al que mezclamos, pagana como religiosamente, para hacerlo un atractivo turístico-cultural.

 

El problema en narcolandia sigue siendo el mismo que cuando no lo éramos. Como toda cultura errante, no elegimos (nunca nos dimos tal posibilidad), este destino, desatinado o desfachatado, nos toca.

 

Las regalías o beneficios, se los quedan en las pocas manos que administran un negocio que llaman infame o inmoral, para un afuera que sabe a la perfección que sólo lo hacen para despistar. Cuando el poder lo termina de cocinar todo, la sobra, el requecho queda para el poriajhú, que seguirá siendo tal, orgullosamente reivindicado por la cultura, por la música, por la creencia y por la expectativa, de que alguna vez dejará de ser tal (como lo refrenda el fenómeno o la droga electoral). Narcotizado en definitiva por la droga más ruin como barata, la que socava la dignidad de espíritu y lo hace un paria, supuestamente gallardo y embravecido, porque se aguanta el vejamen, la sodomizacion, a  la que lo perpetra su dios de papel, en el que cree, sumamente drogado y que lo abandona en el desconcierto de una indiferencia solaz como atroz.

 

En narcolandia, narcos somos todos, los que no, lo deseamos ser, para tener y pertenecer. Escapar de narcolandia, solo es posible, narcotizándote hasta desaparecer o no habiendo nacido en una tierra que sólo tiene narcóticos para ofrecer ante una realidad a la que hemos transformado en nuestra peor enemiga.

 

“Yo respeto mucho a los gobernantes, pero ¿no sería ya hora que la filosofía renunciase a la fe en los gobernantes?”  (Nietzsche, F. Más allá del bien y del mal. Parágrafo 34. Editorial Gredos. Madrid. 2010)

 

 

 

 

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