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Para sociedades que dependen en mucho para subsistir del empleo público como la nuestra, las posibilidades de los gobiernos de propiciarle bienestar a su gente tiene muchas limitaciones. El mundo es cada vez más competitivo, los capitales financieros son cada vez más selectivos acerca de donde se instalarán y (obviamente) mucho más exigentes respecto del retorno que percibirán y los riesgos que asumirán.

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Mientras tanto, nosotros exigimos a nuestros gobernantes que traigan capitales aplicados a la producción para cumplir sus casi tediosas promesas electorales (“por favor, basta de capitales especulativos que siempre nos explotaron y condujeron a la miseria”). Más vale que ni consideramos que esos capitales “productivos” jamás tendrán en su agenda un país cuyas características salientes son una agobiante presión tributaria y un entramado de normas laborales que constituyen un laberinto infernal para aquellos kamikazes que se atrevan en emprendimientos que generen mano de obra por fuera del estado. Ni mencionemos otras cuestiones como la carencia de infraestructura de transporte económicamente viable porque sino nunca terminaríamos de redondear la idea.

 

Lo cierto es que pareciera que para financiar el déficit que arroja esa ecuación demandamos que se cumpla con la “lluvia de dólares” que nos permita llegar a la “pobreza cero”.

 

Cae de maduro que los únicos capitales que acudirán son aquellos que tienen intenciones de obtener grandes utilidades en plazos brevísimos (lo breve del plazo acota los riesgos). El capital financiero es cobarde por naturaleza. Nadie hace patria con su patrimonio personal. Y es absolutamente lógico que así sea.

 

Por lo tanto, los gobiernos (sean éstos populistas, neoliberales o el nombre o adjetivo que les querramos poner) siempre van a estar expuestos a las condiciones financieras internacionales. Si son populistas inventarán cepos para impedir el retiro abrupto de esos capitales y nosotros nos vamos a enojar porque no tendremos libre acceso a la divisa extranjera para ahorrar. Si son neoliberales no van a tener otra alternativa que ver licuarse su capital político juntamente con la devaluación de nuestra moneda. Pensar que pueden detener estos procesos de otras maneras es simplemente ser admirador de la magia.

 

El único camino que nos queda para torcer este recorrido penoso es ser honestos con nosotros mismos y asumir que los tiempos que vienen no pueden estar signados ni por la alegría ni por el bienestar. Sacarnos de la cabeza esas ideas estúpidas que nos metieron en la cabeza (“los argentinos estamos condenados al éxito” debe ser la frase más lamentable que se escuchó en la historia argentina) y hacernos la idea que debemos arrancar desde una situación catastrófica y apuntar (fundamentalmente apuntalando la educación) a construir un futuro más venturoso sabiendo que corremos con mucha desventaja.

 

Pavada de tarea la que nos queda…

 

Cr. Antonio Pablo Giuliani

 

DNI 14.261.520

 

 

 

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