“Sentí que fluía por mis entrañas, torrente de sangre acuosa teñida de colores”.

[FRASEDESTACADA1]

Así me habló este cauce de aguas quebradizas cuando a la orilla de la Estancia El Cerrito intercambiamos pareceres mientras me mantenía atento junto a “don Zaja 1”. Lo entendí perfectamente y no podía ser menos que eso. Trescientas cincuenta embarcaciones, quizá más…de todos los colores y formas, con atuendos hasta picarescos algunos, los palistas las guiaron adentrándose en este serpenteante camino fluvial bajo una siesta plagada de sol.

 

La travesía sin embargo había comenzado mucho antes. El día anterior incluso. Acampe y fogón que potenciaron la adrenalina que comenzó a fluir a las diez del domingo con la partida desde playa El Inga.

 

Allí fue la convocatoria y desde muy temprano el lugar fue un hervidero de sensaciones y emociones compartidas entre organizadores, participantes, amigos y parientes. Preparar los botes, adherir el sticker al kayak, cargar agua suficiente…

 

Con el anuncio de su organizador, Pedro Sa, la partida se llevó los primeros disparos fotográficos y capturas de los celulares registrando el comienzo de la acción. En tierra, agua y destino, apoyo municipal de distintas áreas para garantizar la finalmente exitosa travesía náutica. Con guardavidas, desde embarcaciones con personal de enfermería, asistencia de hidratación y alimentación saludable…; también prefectura y las múltiples lanchas que trabajaron en las comunicaciones para el control y apoyo de los participantes en toda su extensión, hicieron un trabajo impecable que contribuyó en el éxito mencionado.

 

Cuando ya todas habían comenzado a surcar el riacho Goya, a la altura de El Mozambique se realizó la primera parada para hidratar, descansar, reagrupar y continuar hacia los pocos kilómetros por el Paraná antes de virar hacia la izquierda en el portal del Isoró.

 

Allí los vimos pasar a todos y cada uno, con la lancha bamboleándose perezosamente al paso de los “kayakistas” que saludaban entusiastas al ingresar en esta reserva de canales zigzagueantes y lagunas misteriosas. “Fue ahí donde empecé a sentir esa extraña sensación que rompió luego la tranquilidad de mis mansas aguas”, me dijo también en su relato. “Pero fue una hermosa sensación, la verdad me sentí respetado y cuidado”, aclaró después. Me hizo acordar entonces de una sabia decisión tomada, que en otros eventos también se pone en práctica: la recolección de los desechos, propios o ajenos, para conservar salubre el medio ambiente. De hecho, yo mismo he visto presente esta actitud a lo largo del camino. Una actitud saludable.

 

Curvas y contracurvas pusieron a prueba la resistencia de los palistas que iban sintiendo de apoco el rigor del sol y el cansancio en los brazos y el espíritu. Indicaciones iban guiando el recorrido a las embarcaciones que sorteando los aguape, al fin, llegaron a destino con las primeras horas de la tarde.

 

Nuevamente el júbilo apoderándose al ver muchos a familiares y amigos y en otros por el simple hecho de haber sido partícipes de algo memorable. Y en los organizadores y colaboradores por la satisfacción del deber cumplido con creces.

 

Travesía Isoró. Vivencias desde “Amanda”, comandada por Alfredo y su hermano, y “Don Zaja 1”, equipo este último que integré junto a César y Sergio, ambos trabajando en el apoyo a los palistas y el popular “Tizo” haciendo lo propio como personal de Salud del Municipio. El sol hizo estragos en el cuero, pero valió la pena por la satisfacción de los momentos compartidos y postales gráficas que pudimos obtener como equipo de apoyo de Prensa desde las mencionadas embarcaciones.

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