La Fundación Vamos Juntos Parkinson, que funciona en San Lorenzo 635 de la ciudad de Corrientes, habilitó un espacio de expresión para su comunidad terapéutica, el cual se denomina “Relatos en cuarentena”. En el mismo, sus pacientes, familiares y terapeutas contarán sus vivencias y recuerdos que afloran en esta cuarentena impuesta por la pandemia del Coronavirus. Los textos se publican periódicamente en su página de Facebook y en los medios que deseen hacerlo.

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La primera entrega fue la “Carta abierta” de Tomás Davies a sus compañeros de la Fundación, en la que advierte que las sensaciones de aislamiento que actualmente percibe la población mundial por la cuarentena ante la pandemia del Coronavirus, no es nueva para quienes padecen Parkinson.

 

Ahora, en una nueva entrega, Roberto (75), quien prefirió reservar su apellido, cuenta una vivencia de su niñez, cuyo relato se titula “Desafío divino” y comienza de la siguiente manera:

 

Desde el campanario la amplia visión nos permitía jugar con las imágenes. Desde allí, todos  los detalles eran apreciados. La señora que cruzaba la avenida Luis María Campos, el señor con barba que conducía por Dorrego, los chicos que jugaban en la vereda... La vista era privilegiada, quizás, nunca se repetiría... Pero volvamos atrás con los recuerdos; apenas sesenta y cinco años, para entonces vivía en la Capital Federal, en el barrio de Belgrano.

 

Mis diez años me permitieron cursar el quinto grado, siempre en la primaria con un amigo de mi cuadra. Éramos inseparables, y con él vivimos innumerables aventuras. De pronto, al grito de bajen, descendimos prontamente... “Qué les parece, ustedes se animan?, nos increpó el sacerdote, que días antes nos fue a buscar a mi casa a pedido de los chicos de la Acción Católica, adonde asistíamos, más por curiosos que por fieles.

 

“Pero padre, cuando es la función?”, preguntamos y nos respondió “pasado mañana, ‘m´hijos’”... Los titiriteros se habían enfermado y teníamos 48 horas para hacer algo que nunca habíamos hecho. Buscar una obra adecuada, hacer los títeres, el escenario, la iluminación, los ensayos y representación. Todo en el salón parroquial.

 

El tiempo no alcanzaba, pero estaba el desafío... ¿Cuántas piletas por debajo del agua habíamos hecho en el Club Obras Sanitarias?... ¡Cuántas veces nos habíamos tirado del trampolín más alto!... ¡Cuántas veces apenas llegamos nadando a la isla del Club Municipalidad y tantas otras ‘misiones imposibles’ que intrépida e inconscientemente realizábamos! ¿No íbamos a poder con una función de títeres en el salón parroquial?

 

“Sí, Padre”, fue nuestra respuesta y manos a la obra... Nos metimos en la más difícil: hicimos los títeres, tarea nada fácil (elegimos los de guante), fueron surgiendo los personajes que adecuamos a la obra: “La princesita en el bosque encantado”.

 

“Nos olvidamos de la indumentaria… ¡Había que vestirlos! Pronto, nos acordamos de una costurera del barrio que se apiadó de “los chicos de la iglesia”, y sus retazos vistieron a los personajes de la obra. Mi amigo se encargó del guion, y yo de los “actores”, el mobiliario e iluminación. Nuestro público, lo constituían unos treinta chicos de la parroquia, en su mayoría amigos del barrio.

 

Sólo recuerdo que un cosquilleo me recorría el cuerpo y por primera vez me temblaron las piernas cuando se abrió el telón. Prender las luces con la mano izquierda, con la derecha, mover el títere que hacía de anunciador... Se iban sucediendo los personajes que daban “vida a la obra”.

 

Fue un éxito desde el debut y la representamos durante cuatro domingos. El azar nos había puesto en condición de artistas y con talento y responsabilidad llevamos a cabo esa misión; casi imposible. Los aplausos sonaron cual música celestial, bañándonos de alegría y satisfacción por la misión cumplida. Esa inconsciente intrepidez fue forjando nuestro carácter  y ya de grandes continuamos representando con personajes más sofisticados, en parroquias, asilos, hospitales, comedores infantiles, barrios carenciados, etcétera.

 

Llegábamos con nuestro elenco (que a la sazón lo bautizamos “Carú Porá”) a mucha gente, la que también nos abrió su corazón. Fue una situación fortuita que nos presentó la vida y que el destino puso ante nosotros. Nos sirvió como terapia para “endulzar” la problemática diaria, dándonos de esta manera la posibilidad de llegar a otros. Otros que sin duda y como tantos necesitados de cariño y comprensión, sublimando de esta manera nuestra problemática personal y mitigando en pequeña escala el padecimiento de nuestros semejantes. Así abrimos nuestros corazones para provocar una tan simple, ansiada y necesaria sonrisa.

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