La Fundación Vamos Juntos Parkinson publicó una nueva entrega de "Relatos en cuarentena", el espacio de expresión que habilitó para su comunidad terapéutica y que busca rescatar la solidaridad como práctica que construye y mejora a una sociedad. "Lo que das, lo que recibes" se titula esta historia de vida de Daniel Merino en la que cuenta cómo lo salvó de morir su loable hábito de donar sangre de manera voluntaria a lo largo de toda su vida.

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Merino es médico (MP 1367), doctor en Salud Pública, máster y especialista diplomado en Infectología. Desde 2014 preside la Fundación Vamos Juntos Párkinson, la cual funciona en San Lorenzo 635 de la ciudad de Corrientes.

                 

"Era una tarde de verano. Había llovido horas antes y el contorno de la pileta no era precisamente antideslizante. Se me ocurre caminar por ahí y disfrutar de una silenciosa tarde y en el momento menos pensado caigo de espaldas. Bueno, si bien fue contundente, no le asigné mayor importancia pues el dolor cedió rápido y también porque yo estaba acostumbrado a esos eventos.

 

Circunstancias diversas en las que salvé la vida como cuando me desplomé de un cerro en San Juan, o tras quedarme sin frenos en la camioneta bajando una cuesta catamarqueña o siendo más joven aún, gozar poniendo explosivos con los obreros de mi padre en las construcciones del dique el Chocón con su consecuente intento de sortear las piedras que caían del cielo. 

 

De todo eso y de muchas otras que reservo pues no eran para imitar, saldría bien parado, pero si yo creía tener un resguardo protector, podía no durar para siempre pues yo me la buscaba. O como decía mi madre, si no existían, las inventaba.

 

Bueno, retrocediendo un poco, ese verano nos pusimos de acuerdo con la familia y nos fuimos de vacaciones al extranjero. Allí, todo espectacular hasta que 48 hs antes de tomar el vuelo de regreso a Argentina y estando en el hotel, voy al baño y para mi sorpresa, oriné sangre en abundancia.

 

Así las cosas, tome una decisión que no se salvó de la crítica de nadie. Me callé, tomé antiinflamatorios, hice mayor reposo que de costumbre y mejorando moderadamente, emprendemos el viaje de regreso sin que nadie supiera lo acaecido.

 

Llegamos a Argentina sin novedades y tomo contacto con mis reemplazos para retomar mis actividades como médico de Gendarmería, pero cuando me iba a reintegrar me aparece un dolor en zona renal izquierda que me llevó a pedir ayuda.

 

La familia me lleva a un sanatorio correntino y tras detectarse un gran hematoma en uno de mis riñones, deciden cambiarme a uno de mayor complejidad. Al poco tiempo yo estaba en Terapia Intensiva y de ahí pasé a quirófano en donde un cirujano amigo, viendo que iba camino a complicarme aún más, decide hacer una nefrectomía.

 

En su curso, mis parámetros sanguíneos iban de mal en peor perdiendo más sangre (encima grupo 0 negativo) de la que me llegaban a transfundir. Tanto, que en un momento, cuentan mis familiares, el cirujano les hizo saber que ya no era seguro que saliera con vida. Estaba perdiendo más sangre que la que me transfundían.

 

Bueno, ni Dios ni mi madre ni mi familia me habían de abandonar, y sumado a la pericia de Jesús Manzur, salí de esa. Cuando recuperé la conciencia, le pregunté los detalles a los profesionales que me acompañaban y se supo que múltiples tumores benignos de riñón habían perdido su integridad, tal vez por el golpe o exigencias físicas lo que produjo un hematoma capsular.

 

También me dijeron, a mi pregunta, que necesité 13 dadores de sangre 0 negativo. Trece?, pregunté como si no hubiera escuchado bien. ¡Pero yo nunca pude juntar más de 5 dadores de ese grupo para intervenir en una urgencia!

 

Y sí, me dice un amigo del Banco de Sangre de Corrientes, ¿Cuantas veces diste sangre en tu vida ?, me pregunta. Y como unas 65 o 70, le contesto. Bueno, tal vez la mitad de esas veces donaste a niños, según los registros y unos cuantos de esos niños, ya hombres, se enteraron de lo que te pasó y vinieron a donar, unos treinta años después.

 

Todo lo que se haga en esta vida sea en pos de ayudar a alguien o de causar penurias a otro acarrea una consecuencia. Es el precio que hay que pagar. Sin imaginarlo, yo tenía un crédito a mi favor.  Recién en ese momento lo comprendí. Donar, salva vidas y eso hizo con la mía.

 

Dedicado a un médico excepcional, gran persona, gran legado y a quienes llevan su causa en silencio. A Luciano Pissarello, mi amigo, mi ejemplo."

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