(www.perfil.com) Sólo los nazis se animaron a semejante manipulación de sentimientos patrióticos y sensiblería de cotillón, mezclando el ingenio que se usa a la hora de vender bombachas y calzoncillos, con asuntos tan graves como una guerra, sus muertos y la necesidad de encontrar un camino a seguir.
Mal por Fernando Zylberberg, el atleta que se prestó a la
indecencia de actuar cansancio y esfuerzo frente a un equipo de profesionales
(seguro bien abrigados y “comidos”) que no ahorró costos a la hora de iluminar
y encuadrar con perfección cinematográfica y peor por el o los creativos que
destilaron su necesidad de impacto en un alambique regado con sangre verdadera.
Del principio al fin, todo apesta, pero en especial la
última frase: “Para competir en suelo inglés entrenamos en tierra argentina”;
maravilloso monumento a la hipocresía y la mentira. En lo personal, me preocupa
nada lo que piensen los ingleses y no me sorprende que este gobierno ponga al
aire un residuo tan peligroso en tantos sentidos; eso sí, siento una profunda
vergüenza por el gremio al que pertenezco, por pensar igual que esas cabezas
acostumbradas a ver el mundo desde la óptica de un festival de cuarta al que se
paga por entrar.
Voy a estampar lo más sincero que escribí en toda mi vida:
Estoy tan envenenado por la profesión de publicista que el aviso me encanta. Y
no me queda otra que pedirle perdón a mis hijos, y a todos los que conservan
algo de dignidad en el alma.
(*) Filósofo y publicista. Autor del blog en Perfil.com La vida es Bello.



